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La caja de recuerdos

Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada
1

*

Ayer encontré en el trastero familiar una caja llena de recuerdos: el corcho de una botella; una vieja postal sin franquear; una concha pulida y brillante; una colección de objetos cotidianos e insignificantes que en algún momento se convirtieron en tesoros para el joven que una vez fui.

Digo recuerdos, pero no lo son. Mi cerebro funciona de forma algo diferente; mi memoria es inconstante y esquiva. A veces, si no tengo a algo o alguien delante me olvido de que existe. No es que no sea consciente de que las cosas permanecen aunque estén fuera de mi vista: simplemente desaparecen hasta que alguna chispa concreta las trae de vuelta a mi pensamiento; y a veces ya nunca vuelven.

Ayer encontré esa caja, reconocí vagamente su color, su tacto metálico; pero al abrirla, todos los objetos que contiene me resultaron extraños. Los miraba una y otra vez bajo la temblorosa bombilla del trastero con extrañeza, con la sensación de estar viéndolos por primera vez. Contaban una historia que yo no podía oír, que ya nadie oiría nunca.

Sentí una pena indefinida que no sabía dónde poner, como si estuviera intentando identificar el cadáver irreconocible de algún ser querido, sin saber a quién debería estar llorando. ¿De qué noche de vino y risas fue testigo este corcho? ¿Quién pensó en mí estando lejos para traerme esta postal? ¿Qué atardecer de verano me impulsó a elegir esta concha, ésta y ninguna otra, que ahora languidece lejos del mar en la oscuridad de un trastero?

Podría tirar la caja: sé que así la olvidaría para siempre. Pero sé que todos estos objetos son importantes, porque si no lo fueran no los habría guardado; que no recuerde por qué no les resta valor. Acaso sirvan sólo para recordarme que una vez fui otro. Y a ese otro, que guardó todos estos objetos quizá riendo, quizá llorando, sí lo recuerdo. Así que vuelvo a cerrar la caja con reverencia y la dejo en el trastero, bajo las maletas con las que ya nadie viaja y las cajas de libros que hace décadas que nadie lee.

Quién sabe: dentro de unos años podría volver a encontrarla y, esta vez, recordarlo todo; la memoria a veces tiene esos caprichos: para mí las cosas no han pasado o acaban de ocurrir. O tal vez recuerde sólo que ya una vez la abrí, que no reconocí nada en ella, y me encoja de hombros y la deje en el mismo sitio sin cogerla siquiera. O quizá olvide también esto, esta tarde de viento y luz pálida, estas líneas que escribo ahora, y vuelva a sentir la misma pena indefinida al abrir la caja y no reconocerme en sus recuerdos.

*

Todo lo que veo me sobrevivirá,
hasta los nidos de los estorninos,
y este aire migratorio que cruzó,
aire primaveral, la mar en vuelo
2

  1. Las cosas, de Jorge Luis Borges. ↩︎
  2. Soneto de estío, Anna Ajmátova. ↩︎

Antonio Santo es escritor, aunque durante el día oculta su identidad secreta dirigiendo Jaleo, una agencia de comunicación especializada en la industria del videojuego. Ha publicado cosillas aquí y allá en revistas y antologías de poesía joven. En 2008 consiguió la beca de la Fundación Antonio Gala para poder pasarse un año sin tener que fingir que trabajaba. En 2012 fue el único poeta español invitado al World Event Young Artist, encuentro internacional de artistas dentro del programa de los JJOO de Londres. Aunque ya está retirado de las tablas, también se ha pasado 15 años subido en escenarios cantando, contando historias y recitando poesía; tiene un EP llamado "Mi némesis particular" que se puede escuchar gratis en Spotify. Vive en Madrid con su mujer y su hija. Lleva sombrero y su madre dice que es muy apañao.

4 comments On La caja de recuerdos

  • Cuántas veces antes no habrás abierto ya esta caja… Podrías jugar a introducir un objeto nuevo en cada ocasión, para engañarte a ti mismo haciéndote creer que son *mementos* de tu juventud; tal vez ya lo estés haciendo. ¿Has mirado la fecha del corcho, cómo de amarilleada está la postal?

  • Mejor no tentar la suerte jugando trucos mentales conmigo mismo, no sea que acabe no creyendo en mis propias mentiras…

  • Mi bien Antonio Santo tiene el síndrome de la Percepción-Realidad. ¿Es la realidad lo que percibimos? ¿Hay más? ¿Nuestra memoria limita el Ser? Pues no sé qué decirle, porque suspendí Filosofía en 3° y COU. Pero esto me recuerda a Uyulala en La Historia Interminable:
    “Oh, nothing can happen more than once,
    But all things must happen one day.
    Over hill and dale, over wood and stream,
    My dying voice will blow away.”

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