Sabes, a veces entro en Street View para ver el barrio en que crecí.
Voy calle abajo como si me enseñara a mí mismo
lugares que ya no son míos
(“mira, el árbol que planté con mi padre;
ese banco es una noche de verano;
en esa esquina un día fui feliz”).
Imagino,
como quien se prueba un abrigo viejo,
cómo sería caminar por mi calle
sin haberla abandonado nunca.
(Lo peor de la nostalgia no es el recuerdo
sino imaginarte con aquello que has perdido).
Miro la pantalla como Deckard
las fotos de infancia de un replicante,
y tiemblo de dolor fantasma:
me duele en toda esa vida amputada,
me duele en ese alguien que podría haber sido yo,
me duele en todos los que me amaron y ya no tienen sitio para mí,
me duele
en todo lo que amé y he olvidado.
Y a veces, cuando quiero de verdad hacerme daño
cargo el archivo de calles pasadas
(¿sabías que puedes ver cómo era todo hace un año, cinco, diez?)
y viajo atrás a hace demasiado tiempo,
camino por aquella plaza fría,
tuerzo la esquina del callejón que era nuestro
y miro
arriba
a nuestra
ventana.
Me pregunto qué estarías haciendo.
Es sábado por la mañana, pero hay una luz encendida.
Era noviembre. Debía de estar gris.
Me gustaría recordar aquel día.
Me gustaría
alargar los dedos
atravesar el monitor
y los años
y la ventana
y agarrar tu mano fuerte, sin decir nada,
mirarte en silencio,
mirarte hasta deshacerme,
mirarte hasta volverme yo también una imagen de Street View,
sólo mirarte.
Y entonces vuelvo
a mi monitor, mi silla,
mi tiempo, mi lugar,
y suelto la cuerda de la nostalgia
antes de que me arrastre con ella
y la dejo marcharse con el viento
hasta la próxima vez.
Sólo quería que lo supieras.