¿Hola? ¿Se me escucha? [Da un par de golpecitos al micro] Bueno, vamos allá… A finales del año pasado, en un día particularmente estresante, formulé el propósito de volver a escribir con regularidad en 2022. Dicho así suena muy solemne, pero el momento fue más parecido a un resoplar hastiado sobre la taza de café que a una epifanía. El asunto es que, enterrado en las obligaciones del día a día (mi negocio, mi familia, el murmullo agotador de la actualidad), me resulta muy, muy difícil encontrar la motivación para escribir sin tener un por qué: un público, por pequeño que sea, que justifique el esfuerzo. Seguro que hay quien de verdad es capaz de crear para sí mismo, pero a estas alturas se me hace imposible sacar tiempo de debajo de las piedras sólo para llenar cuadernos. Tengo mis redes sociales, claro; pero quienes me siguen ahí lo hacen por otros motivos, y mis pulsiones creativas no les interesan un pimiento. Un poema o un dibujo resulta completamente fuera de lugar, como si me estuviera subiendo en un cajón de fruta a gritar versos en mitad de la Gran Vía. Además, el ruido y la prisa inherentes a Twitter, donde estoy más activo, hacen que una pieza (por la que uno quizá ha perdido horas de sueño) quede enterrada en cuestión de minutos. Cómo pedirle a alguien que te lea con calma si para esta misma noche ya eres agua pasada. En un ataque de nostalgia, me puse a repasar el viejo blog que tenía cuando era un chaval, creado precisamente para tener donde colgar lo que iba haciendo. Y como veinte años no es nada, qué febril la mirada y tal, me dije: ¿por qué no recuperarlo? Total, no es como si los blogs hubieran pasado completamente de ...

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